São Miguel: el diamante en bruto del Atlántico
- Elena Castillo Sánchez-Pastor

- 16 abr 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 may 2025

A nadie le ha pasado desapercibido el repentino interés que han despertado las islas Azores, sobre todo a aquellas personas que buscan destinos originales y tienen poco presupuesto. Y es que la ubicación de este archipiélago volcánico de nueve islas y varios islotes es bastante sugerente: en medio de la nada, a 1500 km de Lisboa y a 3900 km de Nueva York. O eso es lo que parece si observamos desde la superficie. En las profundidades, las islas emergen de la microplaca tectónica de las Azores, atrapada entre tres gigantes: la placa norteamericana, la euroasiática y la africana, que la someten a constantes fricciones y fuerzas. Este emplazamiento tan especial es el que convierte a las Azores en tierra viva, que lleva transformándose desde sus orígenes a merced de seísmos y erupciones (es una de las zonas con más actividad del planeta) que han moldeado el archipiélago y el carácter de sus gentes.

A pesar de su importancia geoestratégica en medio del Atlántico y a sus épocas de bonanza desde su descubrimiento, el archipiélago no ha gozado en la historia reciente del desarrollo que cabría esperar, siendo durante el siglo pasado una de las regiones más pobres de Portugal y de Europa, dedicada principalmente a la agricultura, la ganadería y la pesca. Y es bien sabido que las desgracias siempre golpean más fuerte en las zonas más desfavorecidas. No es ningún secreto lo que pasó en Rabo de Peixe, una de las localidades más pobres de Europa, donde la marea llevó un buen día de 2001 media tonelada de cocaína que destrozó una generación. La población de Azores ha estado marcada por sismos y erupciones, por la pobreza y, además, por el aislamiento: tanto del mundo como entre islas. La comunicación entre ellas no era sencilla: a las pocas o malas infraestructuras se sumaba la distancia entre ellas, con las dos más lejanas separadas por 600 km (entre el Hierro y Lanzarote hay 450 km). Además, teniendo en cuenta que la isla más grande, São Miguel, tiene 745 km² (Tenerife tiene 2034 km²), las islas se caracterizaron en el siglo XX por la falta de oportunidades, un grave problema de emigración y un cierto grado de endogamia.


Los dos acontecimientos que han revertido esta situación han sido la entrada de Portugal en la Unión Europea, con la que se consiguieron fondos para mejorar las infraestructuras y las comunicaciones, y la liberalización del espacio aéreo del archipiélago, que, por sorprendente que parezca, no se produjo hasta 2015, y ha abierto las puertas a los vuelos baratos y a los visitantes. Al contrario que otras islas de la Macaronesia, como las Canarias o Madeira (la niña bonita de Portugal), que atraen a miles de turistas al año, las Azores son un bebé turístico que está siendo descubierto por el gran público en pleno siglo XXI. Y, como tal, no podemos esperar lo mismo que esperamos de otros lugares masificados, lo cual, para mí, es un punto a favor. Pongamos, por ejemplo, Ponta Delgada, la capital de São Miguel. Sus calles vestidas con los clásicos mosaicos del empedrado portugués invitan a perderse. Esta combinación de colores se traslada a muchas fachadas, con el blanco delimitado por el negro basalto volcánico, y transmite la sensación de pasear por un tablero de ajedrez, con explosiones de color de las hortensias que inundan los jardines, y siempre con el telón azul marino del Atlántico, por un lado, y el verde profundo del paisaje tropical, por el otro. Eso sí, con sus poco más de 67 000 habitantes, pasear por Ponta Delgada es como pasear por un pueblo. Hay algunas tiendas de recuerdos y productos locales aquí y allá, y los bares y restaurantes no tienen ninguna prisa por adaptarse a los ritmos caprichosos de los viajeros, con la tranquilidad del que sabe que no depende del turismo (de momento). La vida nocturna del centro también tiene ese aire de ciudad pequeña en el que la gente se agolpa fumando y riendo a la entrada de los locales, todo el mundo se conoce y, a la vez, todo el mundo es bienvenido.

A pesar de esta aura parsimoniosa que envuelve la capital de São Miguel, el turismo de las Azores suele estar motivado por la naturaleza. São Miguel, apodada la Isla Verde, se caracteriza por un paisaje plagado de cráteres, con bosques endémicos de laurisilva, y helechos, hortensias y otros arbustos tropicales que adornan con exuberancia cualquier rincón mínimamente propicio. El resto de islas, aunque no tuve ocasión de visitarlas, también se caracterizan por sus dones naturales: Santa María, la isla para disfrutar de las playas; Terceira, con cuevas de lava impresionantes; el terreno de aspecto lunar que el volcán de Capelinhos ganó al mar en la isla de Faial; Pico, con la montaña más alta de Portugal y sus viñedos en campos de lava; el archiconocido queso de São Jorge; las calas y miradores de la accidentada costa de Graciosa; la isla de Flores, con su explosión de flores los meses más cálidos; y la isla de Corvo, la más pequeña y el escenario perfecto para el avistamiento de aves. En todo el archipiélago podemos disfrutar de la combinación de la situación geográfica, la orografía y la actividad geotérmica, que da como resultado multitud de lagos, cascadas de colores, aguas termales naturales, rutas de trekking y barranquismo impresionantes, panorámicas que te dejan sin habla y, en resumen, una sensación de abundancia que penetra por los sentidos y te llena el corazón.
















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