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La Vall de Laguar

  • Foto del escritor: Elena Castillo Sánchez-Pastor
    Elena Castillo Sánchez-Pastor
  • 1 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
dibujo encabezado vall de laguar

A la Vall de Laguar, solo puedes llegar si tienes intención de hacerlo. No vas de paso en tu ruta a otro destino. A este municipio de la comarca alicantina de la Marina Alta, solo se puede acceder por la CV-721, que parte desde Orba y nos lleva a través de curvas cerradas y paisajes fértiles hasta el último núcleo poblacional del valle, Benimaurell, pasando antes por Fontilles, Campell y Fleix, en ese orden. Desde la última parada, solo se puede deshacer el camino para volver a las playas turquesas de la costa. Y, como en cualquier otro rincón aislado por los caprichos de la geografía, el tiempo transcurre de otra manera y el pasado y el presente se entremezclan, por lo que, para disfrutar de la visita a la Vall de Laguar, hay que conocer su historia.

campell vall de laguar
Vista de Campell

De los cuatro núcleos poblacionales, el más difícil de catalogar es Fontilles, el primer nombre que aparece en la carretera. Nace en 1909 como el Sanatorio de San Francisco de Borja, más conocido como el Sanatorio de Fontilles, con el objetivo de brindar atención y cuidados a personas enfermas de lepra, que en aquel momento sufrían la enfermedad en total aislamiento y abandono. De hecho, al visitar el entorno, se ven a lo lejos los restos perturbadores de una muralla de 3 metros de alto que se construyó entre 1922 y 1927 alrededor de todo el perímetro para aislar a los enfermos, fruto de las protestas de los pueblos limítrofes. A pesar de ello, con el paso de los años, el sanatorio llegó a albergar más de 400 residentes que empezaron a vivir dignamente y a desarrollar oficios mientras la enfermedad se lo permitió y, así, transformaron el sanatorio en un pequeño pueblo con panadería, carpintería, imprenta, peluquería… A medida que las terapias iban evolucionando y la enfermedad remitiendo, muchas personas ya curadas se fueron, pero otras tantas se quedaron, supongo que por esa costumbre que tiene el ser humano de echar raíces. Actualmente, el centro funciona como geriátrico y hospital para personas con diversidad funcional. Pasear por Fontilles es como volver atrás en el tiempo, como visitar un pueblo en miniatura, casi vacío, pero no olvidado, y rodeado de naturaleza.


Los otros tres pueblos pueden presumir de tener nombre y apellidos: Campell, el Poble de Baix; Fleix, el Poble d’Enmig; y Benimaurell, el Poble de Dalt. No hay pérdida. Excepto Campell, que luce un plano urbano lineal bordeado longitudinalmente por dos barrancos, los otros dos pueblos están formados por un amasijo de calles heterogéneas, con diferentes anchuras, pavimentos y trazados que les dan un toque laberíntico. Más que pueblos con encanto, yo diría que son pueblos con personalidad. Se respira ese aire de cercanía y comunidad que se echa de menos en las ciudades. Puedes comprar productos de la zona en los comercios locales o en el mercado de los jueves en Fleix, pedirte un buen almuerzo en el bar Tramusser de Campell o disfrutar de un oasis valencianohablante en una zona en la que predomina el inglés y el alemán (no te asustes si no sabes hablar valenciano: es más fácil que el alemán).


Uno de los mayores reclamos de la Vall de Laguar es el senderismo. Fleix es el punto de partida de una ruta llamada la Catedral del Senderismo o el Barranc de l’Infern. Por los nombres, podrás imaginar que fácil no es. Es una ruta técnicamente sencilla, pero físicamente dura, y es que se recorren casi 15 kilómetros con tres bajadas pronunciadas y sus correspondientes subidas, llegando hasta el lecho del Barranc de l’Infern hasta en dos ocasiones. Además, el paisaje cuenta otro capítulo de la historia del valle, ya que gran parte de los desniveles se superan pisando los 6783 escalones de piedra que construyeron durante años (desde el siglo XIII) los moriscos que poblaban la zona para acceder a sus bancales de producción agrícola, donde cultivaban vegetales y frutales como higueras, olivos y algarrobos. Las montañas de la Marina Alta fueron el último reducto de los moriscos valencianos, donde consiguieron resistir al invasor aprovechando el terreno abrupto, de difícil acceso, pero bello y fértil, hasta su expulsión definitiva en 1609. A pesar del esfuerzo físico, la ruta consigue transportarnos al pasado atravesando un paraje plagado de escalones históricos, fuentes, despoblados y cuevas.


La cercanía al mar concede a la Vall de Laguar un clima templado y unas vistas de ensueño, especialmente desde el Hotel Alahuar, situado en lo más alto del Poble de Dalt. Es uno de mis sitios preferidos, por la ubicación y por la experiencia que ofrece. El edificio principal, con los exteriores de piedra, es envolvente y cálido para refugiarse en otoño e invierno; y la gran terraza, que se extiende por toda la fachada principal, es perfecta para disfrutar de las vistas y los aromas en primavera y verano. El restaurante obsequia a sus comensales con platos exquisitos, tanto si se hospedan allí como si no, con productos de la zona, de calidad, sabrosísimos y preparados con esmero, porque eso se nota, como las cocas tradicionales que nunca dejaré de recomendar. Por si todo esto fuera poco, además de las habitaciones estándar, el hotel ofrece villas amplias, luminosas y con bañera de hidromasaje. Están ubicadas al borde de la colina y la bañera se encuentra junto a un gran ventanal desde el que se divisa todo el valle, los bancales de cultivo y el barranco, con el telón de fondo del mar Mediterráneo. Pocos momentos he disfrutado más que el de sumergirme en una bañera de espuma, después de un día de ruta, con la tripita llena de comida rica, a disfrutar de las vistas.

hotel alahuar benimaurell vall de laguar
Villa del Hotel Alahuar

 
 
 

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