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La Toscana

  • Foto del escritor: Elena Castillo Sánchez-Pastor
    Elena Castillo Sánchez-Pastor
  • 29 dic 2024
  • 4 min de lectura

Actualizado: 11 ene 2025

dibujo botella y copa de vino la toscana

Cuando era pequeña, soñaba con visitar Italia y, en especial, la Toscana. Tenía algo romántico e idílico que me llamaba la atención. Más adelante, una vez pisado territorio italiano, la obsesión con el país se fue apagando poco a poco hasta el punto que, cuando compré el vuelo a Pisa años después, no caí en la cuenta de que a donde me dirigía era, por fin, a la Toscana.

Es una región con una historia extensísima que empieza en el 900 a. C. con los etruscos, a quien la Toscana debe su nombre. Ha visto el auge y el derrumbe de diferentes Imperios, como el romano o el napoleónico, entre otros, así como de la archiconocida familia Médici, los grandes mecenas del Renacimiento. Todos ellos han moldeado la historia de la región. Han sido comerciantes, navegantes, mineros, guerreros, artistas y agricultores, han construido calzadas, templos y murallas que llegan hasta nuestros días, y han fundado ciudades que son ahora importantes centros turísticos por los tesoros que albergan, como Florencia, la capital. Desde allí partimos con un coche de alquiler a descubrir la Toscana.

Santa Maria del Fiore: la catedral de Florencia en la Toscana
Santa Maria del Fiore: la catedral de Florencia
    Battistero di San Giovanni en Pisa en la Toscana
Battistero di San Giovanni en Pisa, el más grande del mundo

Es como en las fotos: un paisaje plagado de colinas que definen el trazado sinuoso de las carreteras, cipreses y pinos que delimitan caminos y propiedades, filas interminables de vides con troncos gruesos y retorcidos, y casas y pueblos empedrados aquí y allá. Y, aunque esta es la típica estampa, cabe decir que la Toscana tiene una geografía muy variada: playas de arena blanca, macizos montañosos y un archipiélago, en el que se encuentra la isla de Elba.


Me hallaba yo tomando el aperitivo en la plaza de un pueblo cualquiera y buscando en Google Maps algún sitio cercano para comer cuando di con un restaurante que me pareció perfecto. Estaba en Montefioralle, una aldea encantadora con tan solo un par de calles. El restaurante, l'Desìo, es un concentrado de la esencia de la Toscana. Es difícil explicarlo con palabras, pero es como si tocaras la Toscana, la respiraras, te la comieras y te la bebieras, y al final acabaras rebosante de Toscana.

Al entrar, te dan la bienvenida las mesas vestidas con manteles de cuadros blancos y rojos bajo la sombra de unas enredaderas. A un lado de las mesas, unas vistas de postal, al otro, un pequeño huerto donde cosechan algunos alimentos, un detalle que aprecio especialmente, pues cultivar un huerto es de las aficiones que yo más practico y disfruto. La comida está deliciosa. Nos atendió el mismo dueño del establecimiento y de la casa, y nos contó que el aceite era de su finca y, si la memoria no me falla, el vino también. El resto de ingredientes, por supuesto, de origen local. Además, no hay carta, se ofrece un menú que varía cada día en función de los ingredientes disponibles y del gusto del chef, siempre respetando la gastronomía local. Tuvimos la suerte de disfrutar, por ejemplo, la Panzanella, una ensalada típica de la región a base de pan mojado (sí, pan mojado; riquísima). Entre plato y plato, algunas charlas con el dueño y unos tragos de vino a la sombra de la enredadera, fue inevitable preguntarme qué decisiones me habían llevado a estar sentada en un sitio tan perfecto en ese momento.


Después de esta experiencia tan grata para todos los sentidos, nos dirigimos a San Gimignano. Con una rápida búsqueda en Internet, el viajero se da cuenta de que es una parada obligada en la Toscana, y tuve la suerte de encontrar allí un alojamiento con aire acondicionado a buen precio. Llegué sin haber visto ninguna foto, sin más investigación que un par de recopilaciones de pueblos bonitos de la Toscana y, desde que aparece en el horizonte irregular que dibuja el paisaje, San Gimignano impresiona. Lo que se ve no es ninguna aldea rural con encanto, sino la imponente silueta de un grupo de rascacielos vigilando los prados desde lo alto de una colina.

Vista de San Gimignano en la Toscana desde los alrededores
Vista de San Gimignano desde los alrededores

De fundación etrusca, la ciudad alcanzó su apogeo en el Medievo gracias a la Vía Francígena, por un lado, que la atravesaba en su camino de Canterbury al Vaticano y la convertía en punto de peregrinaje, y, por otro, al comercio de sus productos agrícolas, como podría ser la Vernaccia di San Gimignano, la uva con la que se produce desde hace cientos de años uno de los vinos blancos más finos y apreciados del país. Doy fe de ello. Sin embargo, lo primero que despierta la curiosidad son las torres. Y no es para menos. Hoy en día quedan 14, pero llegó a tener hasta 74. Las familias pudientes las construían para alardear de su poderío económico y competían por ver quién construía la más alta. Estando allí, es fácil imaginar la impresión que se llevarían los peregrinos de la Vía Francígena en el siglo XIV al llegar a San Gimignano después de una dura subida y alzar la cabeza para ver 74 rascacielos majestuosos.

La Toscana es una región que se tiene que saborear despacio, mucho más variada de lo que imaginamos, con zonas de costa y de interior, las ciudades más turísticas de Italia y aldeas perdidas entre olivares, y concentra, para mí, la esencia del país.



 
 
 

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