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El desove de la tortuga verde

  • Foto del escritor: Elena Castillo Sánchez-Pastor
    Elena Castillo Sánchez-Pastor
  • 22 ene 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 24 ene 2025

dibujo tortuga desove

Mi propósito al viajar a Costa Rica era encontrar paisajes, fauna, alimentos que no hubiera visto nunca. Y vaya si se cumplió. Lo que más me impresionó, sin duda, fue el desove de la tortuga verde.

Tiene lugar en Tortuguero, un Parque Nacional protegido en la costa caribeña del país. Tienes más información sobre Tortuguero en este artículo. El desove solo puede presenciarse junto a un guía autorizado y, normalmente, la excursión se contrata y se abona en los mismos hoteles del Parque. La época de desove depende de la especie de tortuga: la verde pone sus huevos entre julio y octubre y, a pesar de que yo fui en agosto, en plena temporada, te avisan de que puede que pagues la excursión, que no es barata, y vuelvas sin haber visto ninguna tortuga. Es lo que tienen los acontecimientos naturales, sin intervención humana, horarios, ni selección de asientos. Por suerte, en mi caso, aquello fue la fiesta de la tortuga. Pero vamos por partes.

selva de Tortuguero Costa Rica
La espesura de la selva en Tortuguero; al otro lado de la vegetación, se encuentra el mar Caribe

Ya es de noche, los guías nos recogen, subimos a las lanchas y nos adentramos en la oscuridad de los canales, alejándonos del pueblo. Que la puesta se produzca de noche plantea algunos requisitos para los excursionistas: el primero es que hay que llevar ropa oscura y el segundo es que no se pueden llevar móviles ni cámaras, principalmente para que las luces no molesten a los animales. Ese es el motivo de que no tenga fotos ni vídeos del desove, pero, al final de la lectura, te dejo el enlace a un vídeo de DW Español en el que se comparte parte del proceso, además de datos interesantes y algunas reflexiones. Desembarcamos en un pequeño camino abierto entre la espesura de la selva (el sendero del Jaguar del que hablo en el artículo de Tortuguero) y empezamos a caminar tras el guía, que lleva la linterna. Vamos medio cogidos unos de otros, de la mano, de la chaqueta (ya nos han avisado de que es importante no salirse del sendero), hasta que llegamos al punto de espera, un pequeño cobertizo con bancos. Llegar hasta allí ya ha sido emocionante. Estar de noche en la selva por iniciativa propia era algo que nunca había imaginado que pasaría. Y parece que no soy la única: los sobresaltos por cualquier ruido y las risitas nerviosas invaden el grupo. Durante la espera, los guías nos dan información sobre la reproducción, el desove, las migraciones y, en general, el ciclo de vida de las tortugas verdes.

¿Qué estamos esperando? Que los rastreadores nos den luz verde. El rastreador es la figura encargada de patrullar las playas por las noches en busca de tortugas que salen del mar para anidar. El procedimiento es este: esperaremos allí hasta dos horas; si el rastreador ve salir del mar alguna tortuga que empieza a preparar el nido, la vigilará de lejos hasta que empiece a desovar y, en ese momento, nos avisará y nos pondremos en marcha; si en dos horas no ha salido ninguna tortuga, volveremos al hotel con una mano delante y otra detrás. Según nos contó el guía, las tortugas son animales prehistóricos que están medio sordos y medios ciegos, por decirlo con sus propias palabras, pero, en cambio, tienen un olfato superdesarrollado y son capaces de detectar las vibraciones del suelo a su alrededor. Cuando salen del agua, deciden dónde van a poner sus huevos y empiezan a preparar el nido. La tortuga limpia el área y cava un agujero en la arena. En ese momento, sus sentidos se agudizan al máximo porque es vulnerable a sus depredadores y, si nos acercáramos, podría asustarse y volver al mar sin poner huevos, algo que sería un tremendo desperdicio de energía para ella. De ahí que nos esperemos hasta que empieza a desovar: en ese momento la tortuga entra en trance y es ajena a todo lo que le rodea.

El rastreador se comunica con nuestro guía: hay una tortuga preparando el nido que va a desovar dentro de poco. Y empieza la aventura. Salimos de la zona de espera y entramos en la playa, sorteando las ramas y la maleza arrastradas por el mar, hasta llegar al nido. Allí encontramos a un ser inesperadamente grande en un estado de vulnerabilidad absoluto mientras deposita su descendencia en un agujero escarbado por ella misma en la arena, sabiendo que 999 de cada 1000 no sobrevivirán. Y, pese a ello, ahí está, sacudida por contracciones más o menos periódicas durante las que expulsa dos o tres huevos gelatinosos. El trance es estremecedor. Ni se percata de que hay compañía. Una se pregunta qué está sucediendo en su cabeza, si ha conectado con lo más profundo de la naturaleza. Sigue poniendo huevos hasta que el rito acaba con el primer aletazo de arena para cubrir el nido. En ese momento, vuelve en sí y ya detecta nuestra presencia, pero no por ello deja el trabajo a medias. Se afana en cubrir el nido y en camuflar el punto exacto de la puesta arrastrando su cuerpo sobre la arena. Mientras todo ocurre, hay otras tortugas desovando a lo largo de la playa, vemos varias de ellas saliendo del agua con el mismo objetivo, otras se lo piensan mejor y vuelven a entrar, y otras que, tras desovar, regresan al mar exhaustas, dejando su característico rastro en la arena.

La tortuga verde es fiel a su lugar de nacimiento para su propia reproducción, es decir, pone los huevos en la misma playa donde nació. Por tanto, es muy probable que nuestra tortuga naciera en Tortuguero 50 años antes y, a pesar de recorrer al año cientos de kilómetros de migración, vuelve cada 2 o 3 años a su “hogar” para desovar. De regreso al hotel, es fácil acabar pensando si alguno de esos huevos que hemos visto se convertirá en una tortuga adulta que volverá a esa playa en unos 20 o 30 años para vivir la misma experiencia que su madre.

A poco que reflexiones sobre el tipo de turismo que haces, es fácil que te acabes planteando la moralidad de presenciar tal escena, si no estás convirtiendo un acontecimiento tan frágil en un show. En mi opinión, la de los propios guías y la de los habitantes de Tortuguero: no. Aquí puedes leer un artículo de National Geographic al respecto. Las tortugas siempre han sido un recurso económico en la zona, pero antes, para ganarse el pan, había que cazarlas y vender su carne, o robar sus huevos y comercializarlos también como alimento. Con el auge del turismo, la protección de las especies y los Parques Naturales, ahora la región sigue teniendo su sustento asegurado con el mismo recurso, las tortugas, pero de una manera más sostenible: las protegen, las valoran y muestran, con todo respeto, este momento tan mágico a quien quiera pagar por verlo.

Aquí te dejo un vídeo en el que se puede ver parte del proceso: Los tesoros del Parque Tortuguero

 
 
 

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